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October 4, 2008 - 8:11 AM EDT
"Did not our hearts burn within us...as he opened up to us the Scriptures?"
—Luke 24:32
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24 de Agosto de 2008, 21º Domingo de Tiempo Ordinario

‘¡Oh profundidad!’

 

Lecturas:

Isaías 22,15.19-23

Salmo 138,1-3.6.8

Romanos 11,33-36

Mateo 16,13-20

 

 “¡Oh profundidad de la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios!”, exclama San Pablo en la epístola de esta semana. También el salmo del domingo toma una triunfante expresión de alegría y gratitud. ¿Porqué? Porque en el Evangelio, el Padre celestial revela el misterio de su reino a Pedro.

 

Con Pedro, nos regocijamos de que Jesús es el hijo ungido prometido a David, de quien se había profetizado que construiría el templo del Señor y reinaría sobre un reino eterno (cf. 2 S 7).

 

Lo que Jesús llama “mi Iglesia” es el reino prometido al hijo de David (cf. Is 9,1-7). Como escuchamos en la primera lectura del domingo, Isaías predijo que las llaves del reino de David les serían entregadas a un nuevo Señor, que gobernaría al pueblo de Dios como un padre.

 

Sólo Jesús, la raíz y descendencia de David, tiene las llaves del reino (cf. Ap 1,18; 3,7; 2,16).  Al entregarle esas llaves a Pedro, Jesús cumple esa profecía, estableciendo a Pedro – y a todos sus sucesores- como santo padre de su Iglesia.

 

Su Iglesia es también la nueva casa de Dios: el templo espiritual fundado sobre la “roca” de Pedro y construido con las piedras vivas que somos todos y cada uno de los creyentes.

 

Abraham fue llamado “la roca” de quien los hijos de Israel fueron labrados (cf. Is 51,1-2). Y Pedro viene a ser la roca de la cual Dios hace surgir nuevos hijos de suyos (cf. Mt 3,9).

 

La Palabra que usa Jesús – “iglesia” (ekklesia en griego)- fue usada en la traducción griega del Antiguo Testamento para referirse a la “asamblea” de los hijos de Dios posterior al éxodo (cf. Dt 18,16; 31,30).

 

Su Iglesia es la “asamblea de los primogénitos” (cf. Hb 12,23; Ex 4,23-24) establecida por el éxodo de Jesús (cf. Lc 9,31). Como los israelitas, somos bautizados en agua, guiados por la Roca y alimentados con comida espiritual (cf. 1Co 10,1-5).

 

Congregados en su altar, en la presencia de ángeles, cantamos su alabanza y le damos gracias a su Nombre santo.

Al Partir el Pan

 



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