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3 de Agosto de 2008, 18º Domingo de Tiempo Ordinario

Alimento en el tiempo oportuno

 

Lecturas:

Isaías 55,1-3

Salmo 145, 8-9.15-18

Romanos 8, 35.37-39

Mateo 14,13-21

 

Las promesas que hace Isaías en la primera lectura de este domingo se han cumplido en Jesús y en la Iglesia. Todos los que están sedientos vienen a las aguas vivas del bautismo (cf. Jn 4,14). Los hambrientos se deleitan abundantemente en el pan para comer y el vino para beber de la mesa eucarística.

 

También es ese el punto central del Evangelio de esta semana: la narración en la que Jesús alimenta a los 5,000 hasta saciarse, aludiendo al Antiguo Testamento. Jesús es dibujado como un pastor semejante a David, que guía su rebaño hacia el reposo en verdes pastos, mientras prepara ante ellos la mesa del banquete del Mesías (cf. Sal 23).

 

Jesús es mostrado como un nuevo Moisés que también alimenta a las multitudes en un lugar desértico. Finalmente, se nos muestra a Jesús haciendo lo que el profeta Eliseo: saciando el hambre de la muchedumbre con unos cuantos panes, de los que al final todavía sobran algunos (cf. 2R 4,42-44). 

 

También Mateo quiere que veamos la alimentación de los 5,000 como un signo de la Eucaristía. Llama la atención que Jesús, en la Última Cena, realiza las mismas acciones, en el mismo orden: toma pan, pronuncia una bendición, lo parte y lo da (cf. Mt 26,26).

 

Jesús enseñó a sus apóstoles a celebrar la Eucaristía en memoria suya. Y el Evangelio de esta semana hace un énfasis sutil en el ministerio de los Doce. Antes de que Él realice el milagro, Jesús insta a los Doce: “dénles ustedes de comer”.  Efectivamente, son los mismos apóstoles quienes distribuyen el pan bendecido por Jesús (cf. Mt 15,36).

 

Y los panes sobrantes alcanzan a llenar precisamente doce canastos, que corresponden a cada uno de los apóstoles, los pilares de la Iglesia (cf. Ga 2,9; Ap 21,14).

 

En la Iglesia, como cantamos en el salmo de esta semana, Dios nos alimenta en el tiempo oportuno; abre sus manos y satisface los anhelos de todo ser viviente. Ahora, como San Pablo nos recuerda en su epístola, nada puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús.

Al Partir el Pan

 



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