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8 de Junio de 2008, 10o Domingo de Tiempo Ordinario

Sacrificio de alabanza

Lecturas:

Oseas 6,3-6

Salmo 50,1.8.12-15

Romanos 4, 18-25

Mateo 9, 9-13

 

La liturgia de este domingo nos invita a revisar nuestra identidad cristiana, recordándonos las virtudes que el Señor exige a sus discípulos.

 

En la primera lectura y el Evangelio, los jefes de Israel son acusados por no comprender lo esencial de la adoración, la “lógica interna” y el propósito de sus sacrificios, holocaustos y otras observancias religiosas.

 

Dios quiere misericordia, no sacrificios, nos dice Jesús en el Evangelio citando a Oseas, a quien escuchamos en la primera lectura. También el salmo de esta semana es tajante: Dios que creó el mundo y cuanto contiene, no tiene necesidad de la carne de toros, o la sangre de cabras.

 

La epístola y el Evangelio nos brindan dos modelos a seguir: Abraham y Mateo. A pesar de que Abraham rondaba los cien años de edad y su esposa era estéril, él no puso en duda la promesa de Dios de que se convertiría en el padre de muchas naciones (cf. Gn 15,5).  De la misma manera, Mateo responde al llamado de Dios con obediencia y confianza.

 

Como Mateo, estamos llamados a seguir al Señor a dondequiera que nos llame.  Como Abraham, en todas las cosas debemos estar fortalecidos por la fe y dar gloria a Dios: con esperanza contra toda esperanza, plenamente convencidos de que nos hará llegar lo que nos ha prometido.  Esto es lo que Dios pide: que lo amemos y nos esforcemos por conocer su voluntad.

 

Las lecturas de este domingo nos deben llevar a examinar nuestra conciencia.  ¿Nuestra piedad es como la de los líderes de Israel – como el rocío de la mañana que desaparece al calor del día- ? ¿Llevamos a cabo nuestros deberes religiosos mientras desatendemos las cosas de más importancia como traer de Dios la justicia, el amor y la misericordia a los pecadores? (cf. Mt 23, 23).

 

Esto no significa que vamos a abandonar nuestras oraciones y devociones pías.  Pero nuestros votos  al Altísimo deben estar animados por un espíritu interior de ofrenda personal, expresado en signos externos de misericordia y amor hacia nuestro prójimo.

 

Por tanto, vengamos a esta Misa a ofrecer el sacrificio de nuestra alabanza, glorificando a Dios quien, al resucitar a Jesús de entre los muertos, nos rescató en nuestro tiempo de  aflicción.

Al Partir el Pan

 



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