Roca Sólida
Lecturas:
Deuteronomio 11,18. 26–28
Salmo 31,2–4.17.25
Romanos 3,21–25. 28
Mateo 7,21–27
El Evangelio de este domingo nos lleva al final del Sermón del Monte, pronunciado por Jesús. Él, como Moisés en la primera lectura, subió una montaña para dar la Palabra de la alianza de Dios a su pueblo (cf. Ex 24,12-18).
Esta Palabra de alianza exige mucho de nosotros, más allá del simple escuchar y aceptar el “mensaje” de Jesús.
Esa es la razón por la cual el Evangelio no es una filosofía, ni un conjunto de buenas ideas para la vida, sino la voluntad paternal de Dios para la historia. Es la buena nueva de su Reino, de la familia divina que Él ha venido a crear sobre la tierra: su Iglesia.
La Palabra de Dios viene a nosotros como llamada a la obediencia de la fe (cf. Rm 16,26). Debemos acoger esa Palabra con el corazón, dejando que habite en nuestras almas con todas sus riquezas (cf. Col 3,16). Debemos dejarnos dirigir por la Palabra que viene a nosotros en su Nombre.
Eso entendemos del salmo de esta semana, cuando cantamos refiriéndonos al Señor como la roca de nuestro refugio. También Jesús nos da la imagen de la roca sólida. Promete que si vivimos por su Palabra, tendremos un fundamento eterno para resistir las tormentas y pruebas de nuestra vida.
Jesús es el nuevo Salomón, que nos trae la Sabiduría de Dios (cf. 1R 3,10-12). Y como él, Jesús construye la casa de Dios, un templo fundado sobre roca (cf. 1R 5,17; 8,27). Jesús es la sabiduría de Dios hecho carne. La Iglesia es la nueva casa y templo de Dios, construido sobre la piedra angular que es Cristo (cf. Lc 7,35; Ef 2,19-22).
Seremos juzgados por su Palabra. No es cuestión de obras externas, como aclara Jesús. También ese es el punto de Pablo en la epístola de esta semana. Debemos cumplir la voluntad del Padre, que es nuestra santificación, sabedores de que hemos sido justificados –hechos justos delante de Dios- por la muerte salvadora de Cristo (cf. 1Ts 4,3). Esa redención, nuestra expiación por su Sangre, es la que celebramos y de la cual participamos en esta Eucaristía.
Al Partir el Pan
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