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The St. Paul Center for Biblical Theology The St. Paul Center for Biblical Theology
October 4, 2008 - 8:12 AM EDT
"Did not our hearts burn within us...as he opened up to us the Scriptures?"
—Luke 24:32
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3 de Febrero de 2008, 4o Domingo de Tiempo Ordinario

El camino bendito

Lecturas:
Sofonías 2,3; 3,12-13
Salmo 146,6-10
1 Corintios 1,26-31
Mateo 5,1-12
 

En las lecturas desde Navidad Jesús se ha revelado como el nuevo hijo real de David e Hijo de Dios. Él fue enviado para dirigir un nuevo éxodo que saque a Israel de la cautividad a las naciones, y atraiga a todas las naciones a Dios.

 

Como Moisés condujo a Israel desde Egipto a través del mar, para darle la Ley de Dios en el monte Sinaí, así Jesús también ha pasado a través de las aguas en el bautismo. Ahora, según nos dice el Evangelio de hoy, va al monte para proclamar la nueva ley, la ley de su Reino.

 

Las Bienaventuranzas marcan el cumplimento de la promesa de la alianza hecha por Dios a Abraham: que por medio de su descendencia, todas las naciones del mundo recibirían las bendiciones de Dios (cf. Gn 12,3; 22,18).

 

Jesús es el hijo de Abraham (cf. Mt 1,1). Y por la sabiduría con la que habla hoy, concede  las bendiciones del Padre sobre “los pobres de espíritu”.

 

Dios ha querido bendecir a los débiles y humildes, a los necios y despreciables a los ojos del mundo, nos dice San Pablo en su epístola de hoy. Los pobres de espíritu son aquellos que saben que no pueden hacer nada para merecer la misericordia y la gracia de Dios. Son el resto humilde que menciona la primera lectura, la cual nos enseña a buscar refugio en el nombre del Señor.

 

Las Bienaventuranzas revelan la senda divina y el propósito de nuestra vidas. Todos nuestros esfuerzos deberían enfocarse a conseguir estas virtudes: ser pobres de espíritu;  mansos y humildes de corazón;  misericordiosos y constructores de paz; buscadores de la rectitud que viene de vivir por la ley del Reino.

 

El camino que el Señor nos presenta hoy es de pruebas y persecución. Pero Él promete consolarnos en nuestro luto y darnos una gran recompensa. 

 

El Reino que hemos heredado no es territorial, sino la tierra prometida del cielo. Es el Sión donde el Señor reina para siempre. Y, como cantamos en el salmo de hoy, sus bendiciones son para todos aquellos que esperan en Él.

 

Al Partir el Pan

 



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